Luis David García · Paralelo 19
Hay una trampa mental en la que esta ciudad cae con una facilidad que ya debería avergonzarnos: creemos que juzgamos una obra cuando en realidad estamos juzgando un recuerdo.
Digan Cablebús y el poblano promedio no ve góndolas: ve el teleférico de Los Fuertes oxidándose frente a los cerros. Ve el tren turístico a Cholula, que ya no corre. Ve Ciudad Modelo, que es un pueblo fantasma con nombre de folleto. Ve la megarrueda, que tardará más de un siglo en pagarse sola. Esa desconfianza es legítima, está ganada a pulso y nadie tiene derecho a pedirle a la gente que la olvide.
Pero la desconfianza no es un argumento. Es un sesgo. Y confundir las dos cosas nos va a salir carísimo.
Lo que dicen los números, no los recuerdos
El teleférico urbano no es una ocurrencia mexicana ni un invento de campaña. Es una tecnología madura, evaluada, con resultados públicos.
En la Ciudad de México, la Línea 1 del Cablebús proyectaba 28 mil usuarios diarios. Mueve alrededor de 50 mil. En su primer año transportó a más de 14 millones de personas. La Línea 2 acumula 69 millones de viajes en tres años. Y el dato que ningún crítico ha logrado tumbar: cuesta 8.73 pesos por pasajero transportado. Es decir, 43% menos que el Metro, 24% menos que el Metrobús y 51% menos que el RTP.
Es el transporte público más barato de operar de toda la capital del país.
En Medellín, el Metrocable no solo bajó trayectos de dos horas a siete minutos. Un estudio publicado por investigadores de la Universidad de Columbia documentó caídas en la tasa de homicidios en los barrios intervenidos, comparados con barrios similares sin intervención. Conectar a la gente con la ciudad no es una metáfora: es una política de seguridad.
Esto es lo que se compra con un teleférico bien puesto. No una foto: tiempo de vida devuelto a gente que hoy lo pierde en un camión.
La cuenta tramposa
El argumento más citado contra el Cablebús poblano dice así: con capacidad de 32 mil a 80 mil viajes diarios, atendería apenas entre el 0.8% y el 2% de los cuatro millones de viajes que hacen los poblanos cada día. Casi siete mil millones de pesos para eso.
Suena demoledor. Y es una trampa aritmética.
Apliquen el mismo criterio a la Línea 1 del Cablebús capitalino: sus 50 mil viajes diarios representan menos del 0.2% de los viajes de la Zona Metropolitana del Valle de México. Con esa vara, la línea más exitosa de transporte por cable del país sería un fracaso rotundo. Nadie lo sostiene, porque el criterio es absurdo: ninguna línea de ningún sistema, en ninguna ciudad del mundo, mueve un porcentaje significativo del total metropolitano. El Metro de la Ciudad de México necesita doce líneas y medio siglo para llegar donde llega.
Un corredor no se evalúa contra la ciudad entera. Se evalúa contra su corredor: ¿la gente de Xonaca, de Amalucan, de La Resurrección va a llegar antes, más barato y más segura a su trabajo? Esa es la pregunta.
Y esa pregunta el Cablebús la responde en afirmativo para decenas de miles de personas que hoy no le importan a nadie.
Que sea poco frente a cuatro millones no significa que sea poco. Significa que hacen falta más cosas. Que es distinto.
Ecatepec no es una sentencia. Es una lista de pendientes.
Se invoca el Mexicable como prueba de que esto fracasa. Y sí: el Mexicable fracasó. Pero fracasó por razones conocidas, documentadas y perfectamente corregibles: no se integró tarifariamente con el Mexibús ni con el Metro, tuvo esperas de hasta cuarenta minutos, y fue un proyecto aislado —hubo dinero para murales a lo largo de la ruta, no para vivienda, cultura ni entorno.
Ecatepec no demuestra que el cable no sirva. Demuestra que el cable solo no basta. Es una advertencia, no un veredicto. Y una advertencia con instrucciones incluidas.
Ahora sí: la parte incómoda
Nada de lo anterior exonera al gobierno de haber empezado con el pie izquierdo. Al contrario.
La cifra de árboles afectados pasó de 980 a 746, luego a 350, luego a 116 y finalmente a 97. Cinco versiones del mismo dato en cinco meses. Eso no es transparencia, es improvisación, y le entregó a la oposición la única bandera que necesitaba.
El gobierno tenía un caso técnico sólido y eligió defenderlo de la peor manera imaginable: en silencio.
Entonces, ¿cuál es el sentido de oponerse hoy?
Ninguno, si oponerse significa detenerlo. Y todos, si oponerse significa mejorarlo.
Las más de treinta organizaciones que marcharon, los ingenieros que escribieron, los vecinos que se organizaron: tienen ahora la mejor oportunidad que van a tener. No para tirar la obra —eso ya no va a pasar, y honestamente, no debería—, sino para cobrarle al gobierno la factura de su propia opacidad.
Lo que de verdad está en juego
Yo no creo que el Cablebús sea un capricho: es una apuesta por una forma distinta de moverse, y las apuestas por lo nuevo nunca vienen sin fricción. Ninguna innovación llega dócil.
La duda no es si el cable aguanta. Es si nosotros vamos a aprender a exigir sin destruir, y el gobierno a construir sin esconder. De eso —y no de ochenta y siete torres— depende que esta obra sea recordada como el día en que Puebla cambió, o como el próximo fierro viejo que nadie quiso volver a mirar.




