México ganó.
Otra vez.
Dos partidos, seis puntos, tres goles a favor y cero en contra.
Primer lugar del grupo.
Hasta ahí, la estadística fría y, a la vez, halagadora.
Ahora vamos al fondo.
Porque el triunfo ante Corea del Sur no fue una exhibición de buen fútbol.
No fue una sinfonía.
No fue una noche para guardar en la memoria del buen fútbol.
Fue otra cosa.
Fue un partido de Javier Aguirre.
Así de simple.
Y también así de complicado.
Corea tuvo más la pelota.
Corea remató lo mismo que México.
Corea terminó empujando.
Corea cerró el partido sobre el área mexicana.
Pero Corea cometió el error que México no cometió.
Y en los Mundiales, los errores se pagan muy caros.
Al minuto 49, Julián Quiñones peleó una pelota incómoda; el portero Kim Seung-gyu salió mal, chocó con su defensa, soltó el balón y Luis Romo apareció donde aparecen los jugadores oportunistas: en el lugar correcto, en el momento correcto y con la portería abierta.
No fue una jugada de pizarrón.
No fue una genialidad.
Fue un error.
Y México lo aprovechó.
Punto.
Pero el partido no se explica solamente por el gol.
Se explica por lo que Aguirre está construyendo.
Y aquí viene el dato.
Contra Sudáfrica, el Vasco hizo cinco cambios.
Contra Corea, hizo otros cinco.
Y en los dos partidos se repitieron tres nombres desde la banca: Orbelín Pineda, Santiago Giménez y César Huerta.
Eso no es casualidad.
Eso es jerarquía.
Eso es libreta.
Eso es confianza.
Aguirre no está tirando dados.
Aguirre ya sabe a quién llamar.
También repitió ocho titulares entre el primer y segundo partido.
No está buscando equipo.
Ya lo encontró.
Y cuando un seleccionador deja de buscar, empieza a competir desde otro lugar.
Los técnicos jóvenes buscan respuestas.
Los técnicos viejos buscan certezas.
Y el Vasco, a estas alturas de su vida, parece tener muy claras las suyas.
Tala Rangel en la portería.
Johan Vásquez como defensa más solvente.
Edson Álvarez ordenando la zaga.
Erik Lira mordiendo en medio campo.
Romo poniendo experiencia.
Alvarado trabajando más de lo que luce.
Quiñones peleando todo.
Raúl Jiménez como referencia.
Y desde la banca, Orbelín, Santiago y el Chino esperando turno.
Ahí está el equipo.
Ahí están sus hombres.
Ahí están sus guerreros.
México no domina desde la posesión.
México domina desde el orden.
México no abruma.
México incomoda.
México no aplasta.
México espera.
Y cuando el rival se equivoca, lo castiga.
Eso también es fútbol.
No siempre gusta.
No siempre enamora.
Pero en un Mundial sirve.
Y vaya que sirve.
Porque este México llega al tercer partido con seis puntos, portería invicta y equipo completo.
Cero lesionados.
Apenas una tarjeta amarilla en todo el torneo: la de Brian Gutiérrez ante Sudáfrica, al minuto 23.
Por eso, lo más lógico sería no arriesgarlo frente a Chequia.
Una segunda amarilla podría dejarlo fuera de los dieciseisavos de final.
Y si algo está haciendo bien Aguirre en este Mundial es evitar riesgos innecesarios.
Ahí también está la mano del seleccionador.
No solo en el parado táctico.
No solo en los cambios.
También en la administración del torneo.
Porque una cosa es dirigir partidos.
Y otra muy distinta es dirigir un Mundial.
Hong Myung-bo también hizo su trabajo.
Hay que decirlo.
Corea fue de menos a más.
Primero sufrió.
Después equilibró.
Luego adelantó metros.
Y terminó atacando con todo lo que le quedaba.
El técnico coreano movió piezas, buscó variantes y terminó empujando a México contra su propia área.
Pero llegó tarde.
Su equipo tuvo balón, pero poca profundidad durante buena parte del partido.
Tuvo intención, pero poca claridad.
Tuvo reacción, pero ya con el marcador en contra.
Y en una Copa del Mundo, cuando reaccionas tarde, muchas veces ya estás condenado.
Corea encontró sus mejores momentos al final.
La gran atajada de Tala Rangel y la pelota salvada casi sobre la línea fueron el recordatorio de siempre:
Los partidos no se administran.
Se terminan.
Y México lo terminó.
Sufriendo, sí.
Pero lo terminó.
Y la buena fortuna hizo el resto.
Eso también vale.
Sudáfrica exigió poco.
Corea exigió más, pero tampoco demasiado.
La verdadera prueba llegará cuando México enfrente a un rival que lo obligue a jugar un partido que no quiera jugar.
Ahí sabremos realmente de qué está hecho este equipo.
Por ahora, lo único claro es que México gana, no recibe goles y no se descompone.
Y eso, en un Mundial, vale oro.
Pero ahora viene Chequia.
México ya está clasificado.
México ya tiene prácticamente asegurado el primer lugar.
Y ahí aparece la tentación.
La tentación de los minutos regalados.
La tentación de quedar bien.
La tentación de decir: “Que jueguen los que vinieron al Mundial y todavía no han jugado”.
Eso lo haría un entrenador.
Un entrenador administra egos.
Un entrenador reparte minutos.
Un entrenador busca tener contento al grupo.
Pero un seleccionador no puede darse esos lujos cuando está a unos días de jugar a eliminación directa.
Porque los Mundiales no se preparan haciendo homenajes.
Se preparan con ritmo, concentración, asociación, sincronía y certezas.
Aguirre ya encontró a sus hombres.
Ahora no debe perderlos.
Y quizá ahí esté la verdadera historia de este Mundial.
No en los seis puntos.
No en los tres goles.
No en las dos porterías en cero.
Ni siquiera en el liderato del grupo.
La verdadera historia puede estar sentada en el banquillo mexicano.
Porque este no es el Aguirre de 2002.
Tampoco es el Aguirre de 2010.
Aquellos todavía estaban construyéndose.
Este ya no.
Este Aguirre ya conoce el éxito.
Ya conoce el fracaso.
Ya conoce las críticas.
Ya conoce los elogios.
Ya conoce las eliminaciones que duelen y las decisiones que persiguen durante años.
Este Aguirre ya enterró a sus muertos.
Y quizá por eso hoy parece más sereno.
Más paciente.
Más pragmático.
Porque, mientras muchos siguen viendo partidos, él parece estar viendo consecuencias.
Y por eso la advertencia para Chequia cobra todavía más valor.
No caigas en la tentación, Javier.
No confundas tranquilidad con relajación.
No conviertas el tercer partido en una ceremonia de reconocimientos.
No regales ritmo.
No regales concentración.
No regales asociación ni sincronía.
Corea-Japón 2002 todavía está ahí.
Octavos de final contra Estados Unidos.
Minuto 78.
Alberto García Aspe por Gerardo Torrado.
Un homenaje fuera de tiempo.
Una concesión emocional en el partido más importante.
Y México terminó de desdibujarse.
Por eso hoy la advertencia es clara.
No pongas en riesgo el orden defensivo.
No rompas el ritmo.
No conviertas el partido ante Chequia en una despedida anticipada para nadie.
Ni siquiera para Guillermo Ochoa.
Porque en este Mundial no se permiten homenajes.
Se permiten decisiones.
Y como alguna vez gritó Don Fernando Marcos:
“¡Borja, no falles!… ¡No falles!”.
Hoy el mensaje sería otro.
Más corto.
Más simple.
Más urgente.
¡Aguirre, no te equivoques!
¡Aguirre, no te equivoques!
Porque este Mundial todavía no ha terminado.
Y porque quizá, después de tantos años, este Javier Aguirre ya no anda buscando una clasificación.
Quizá anda buscando algo mucho más difícil.
Su vida eterna.
Y México también…
Mientras tanto, nosotros…
VEREMOS Y DIREMOS…
Hasta la próxima.
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